La-Ansiedad

Hemos dejado de ser dos para ser tres, se coló como el frío del invierno se cuela entre los huesos, me ahoga como no poder desabrochar un abrigo o bajar una cremallera que me llega al cuello.

Aparece y deja la puerta abierta al miedo, la preocupación y la angustia. Me sumerge en un mundo diferente, aquí no hay lógica ni sentido común, mi cerebro recibe todas las señales con sonido de alarma, con luz roja, con urgencia.

La ansiedad ocupa un lugar en mi vida, un lugar que era mío, un lugar que comparto y que ahora, pide respuestas al futuro con pensamientos poco útiles que no me permiten ocuparme pero sí, preocuparme.

Nueve de cada diez personas han sentido estrés en el último año y, cuatro de cada diez, lo hacen de manera frecuente y continuada. Y, ¿qué ocurre en el cerebro cuando aparece la ansiedad? La amígdala activa una alarma que suena en el resto del cerebro y alerta de posibles amenazas. Este es el momento en el que el hipocampo te trae recuerdos peligrosos, situaciones atormentadoras y el miedo se sienta en tu sofá, en tu cama, en tu trabajo, en tus relaciones sociales o en tu vida personal y entonces, cunde el pánico.

Vale más prevenir que curar, las notas de voz de tu cabeza alertan de todo lo malo que puede ocurrir en tu vida. Comienza tu película de cómo puedes anticiparte.

En las relaciones afectivas, las emociones juegan a correr tras la ansiedad o la ansiedad tras las emociones, se abrazan, se pelean, se esconden unas de las otras, pero están directamente relacionadas, ambas parten del pensamiento previo que las provoca e invita a entrar.

 Nos gusta controlar la situación y manejar las variables que nos hacen sentirnos vulnerables, pero si la ansiedad está con nosotros, conducimos nuestras interacciones con otras personas sin volante, sin frenos, sin marchas, sabemos que estamos subidos al coche pero no podemos controlar su dirección, ni su velocidad, con quien chocar o a quien evitar, tomar una buena decisión, atajar por un camino más rápido. No podemos pretender que los demás entiendan nuestro viaje porque no están en el mismo coche, no podemos pedir que nos acompañen ni alentar los “deberías”.

Y nos encontramos culpabilizando a la ansiedad de despertar rencillas pasadas en nuestras relaciones personales, despertando un conflicto soterrado en el pasado, heridas abiertas, cicatrices mal cosidas o parches por donde se escapa aire. 

Y ahora todo lleva de nombre –ansiedad-.  Pero ansiedad es la punta de iceberg, debajo tenemos mucho hielo que romper, que re-aprender, que olvidar, que re-hacer, que dejar pasar y dejar marchar, que componer. Pero se puede. Siempre que uno quiere.  Y ahora la tengo en el trabajo, pero a lo mejor si dejo el trabajo…. Es mi jefe el que me la provoca, o tal vez sean mis compañeros…

No hay víctimas ni verdugos, no hay culpables, no hay valientes ni cobardes, no hay prescripción médica que seguir con unos días de tratamiento, hay diagnóstico sin pronóstico, hay una batalla contra uno mismo. Pero hay cambios, porque los patrones pueden cambiarse si uno quiere. Todo es modificable. Los patrones de conductas pueden cambiarse.

La persona puede verse afectada en su trabajo al no saber afrontar la situación, al intentar encontrar una solución, buscar el momento, saber que nadie nos adivina y aclarar todas las dudas con un profesional si es necesario… Equilibrio entre la comprensión, el apoyo y saber dar espacios de cuidados e independencia. Equilibrio para ganar ambos, regalar la empatía, no guardar rencor, saber pedir disculpas… Tal vez puedo encontrar mis propias soluciones, tal vez yo ya estoy demasiado perdido, tal vez yo, necesite ir a academia de emociones.

 

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