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Las emociones no están divorciadas de nuestra mente. Ellas viven en nuestro cuerpo, son parte de nuestra bioquímica y por ende, tienen efectos notorios en nuestra salud física. En lo personal, me gusta afirmar la siguiente frase: “el cuerpo es el campo de batalla de los juegos de guerra de la mente”.

Hasta no hace tantos años atrás, las emociones estaban más ubicadas dentro de una especie de limbo psíquico, que otra cosa. Incluso, para quienes estudiamos la psicología, no fue sino hasta unos treinta años, quizás un poco más o un poco menos, que se tomaron en serio los estudios sobre inteligencia emocional, para darle a nuestra parte afectiva tanta o más prioridad investigativa que a nuestra inteligencia racional.

No me malinterpreten: ser racional es sumamente importante para nuestro desenvolvimiento en la vida, pero conocernos emocionalmente nos coloca un paso más allá en el escalafón del conocimiento humano, pues son las emociones las que guían muchas de nuestras acciones, como por ejemplo la toma de decisiones; sin contar el papel fundamental que juegan en nuestra salud física y mental.

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La química de las emociones

La neuroquímica de las emociones, así es como se le conoce a los procesos que ocurren en nuestro sistema nervioso autónomo y que desembocan en una serie de procesos neurofisiológicos.

La piel de gallina ante el miedo o los latidos acelerados cuando vemos a la persona que nos gusta, son algunas de las respuestas más ejemplares de ello.

¿Pero entonces, qué son las emociones? Son sustancias que viajan adheridas a nuestras neuronas como un tatuaje.

Estas neuronas van construyendo conexiones entre sí, para ir transmitiendo información que se sustenta, a su vez; por otros datos que mantenemos guardados en nuestra memoria asociativa, la cual se construye con la recopilación de experiencias pasadas y que dictan a futuro cuál será nuestra reacción frente al objeto o persona en cuestión.

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Como nuestro cerebro es una máquina de hábitos, cada uno de nosotros conecta con la red a la que haya desarrollado con vigor. Imagínate entonces lo que ocurre, si todos los días conectamos con nuestras emociones de tristeza, dolor o ira… Tu cerebro se acostumbrará a usar esa red, y paulatinamente irá debilitando otras en desuso, que pueden conectarte con otro tipo de emociones mucho más positivas como la felicidad, el amor o la confianza.

El cuerpo como reflejo de la mente

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Si lo anteriormente mencionado ocurre con tu cerebro, ¿qué crees que va a experimentar todo tu cuerpo? Irremediablemente, ante una conexión neuronal fuerte con nuestras emociones de carga negativa, comenzaremos a enfermar. Bien reza el dicho: “todo lo que ocurre arriba, se siente abajo”, y es exactamente lo que pasa con nuestro cerebro y la relación que lleva con nuestro cuerpo.

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Nuestro cerebro es una máquina poderosísima. No hay nada de nosotros que se escape de su control: desde el sistema nervioso, hasta el metabolismo, incluso nuestro deseo sexual hasta el más simple de nuestros pensamientos; todo está bajo su mandato absoluto.

En resumen, están ligadas a nuestras experiencias de vida y además, las emociones brindan percepciones específicas ante el mundo. Por ello, las personas tenemos respuestas individuales que pueden diferir del resto.

Ante este conocimiento, entonces se plantea la necesidad de reaprender nuestra emocionalidad. Allí yace el secreto de la buena salud y el bienestar.

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